lunes, 1 de febrero de 2016

el credo del vino

Al menos podría serlo.

Grandes genios de la pluma como Pablo Neruda,  Miguel Hernández, Borges y otros muchos han escrito odas y poemas y han dedicado piropos al vino.

Horacio Guarany emocionaba con su música “si el vino viene, viene la vida”.

Y así podríamos seguir hasta con las citas de El Quijote.

Pero yo creo que ningún piropo al vino me ha gustado tanto como esta contra-etiqueta. Yo me atrevería a llamarla el “Credo” del vino y se la recomendaría a sumilleres, “sommeliers”, enólogos,  catadores, enoturístas, bodegueros, chefs y para no dejar a nadie, a todos los amigos y amantes del vino.

La contra-etiqueta está en una botella de vino que me regalo un buen día, hace ya más de 20 años,  un viejo amigo y buen catador. 

No recuerdo si muy entendido pero al menos si profesaba bien la religión de un buen amante del vino: esas poses tan peculiares y esos movimientos rituales de la copa y el vino en la boca. La había etiquetado él como parte de una campaña publicitaria para un conocido medicamento.

La etiqueta rezaba así: 


“ ¡EL VINO! Beber es un acto que realizan las razas de linaje antiguo. Cuando se hace uso del vino (moderadamente, como de todas las cosas preciosas) es salud y medicina. El vino aumenta la fuerza muscular, exalta el sentido genético, estimula el sistema nervioso, rinde fácil a la elocuencia, empuja a la benevolencia, predispone a la asociación, al perdón y al heroísmo.
El vino exalta la fantasía, hace lúcida la memoria, aumenta la alegría, alivia los dolores, destruye la melancolía, concilia el sueño, conforta la vejez y da aquel sentido de euforia por donde la vida transcurre leve, suave y tranquila.”